
Una luz inundo mi habitación, seguido de un estruendo producido por un rayo, que terminó por despertarme. Me incorporé en la silla en la que estaba recostada y miré donde hacía unos segundos había estado apoyada mi cabeza. Sólo había una frase que decía “narración libre”. Me levanté cansada y miré el reloj, daban las cinco de la mañana. Sólo faltaban tres horas para entregar mi trabajo. Empecé a dar vueltas de un lado para otro en mi pequeña habitación, hasta que, desesperada, fui a la cocina. Mientras bebía un vaso de leche caliente, ojeaba un periódico. Pasaba las páginas sin detenerme en nada, cuando vi una foto en las que personas de diferentes edades limpiaban los restos de fuel que había dejado el barco Prestige en las costas gallegas. En seguida noté un fuerte impulso que me desgarraba el corazón. Fui corriendo a mi habitación y me puse a escribir. En menos de dos horas había creado una historia, a la vez real y a la vez imaginaria. El resultado fue excelente. Un diez escrito bien grande en la parte derecha del folio, compensó todo el cansancio que había acumulado. Nunca había sacado tan excelente nota en lengua, aunque eso cambió a partir de ese momento.
Mi profesora, satisfecha por mi trabajo, me propuso presentarme al concurso que hacía mi instituto por el día del libro. No dude ni un momento.
Tenía una semana para crear una historia que ocupara no más de tres páginas. Día y noche, me dedique a fondo a mi narración. Busqué información en revistas, atlas, libros de texto… no paré hasta que por fin quedé satisfecha. Eso no fue fácil, porque soy muy exigente conmigo misma, y hasta el último día estuve añadiendo y suprimiendo frases. Nunca me había entregado tanto a algo así. Me pasé los siete días escribiendo sin parar. A todos lados me llevaba mi pequeña libreta y el lápiz con el que escribí la anterior narración. Era como mi amuleto de la suerte.
Había que poner un seudónimo al trabajo, y no creo que pueda olvidar el nombre con el que me identifiqué: Estrella de fuego. Es un nombre poco original, pero con 14 años no se puede esperar otra cosa.
No recuerdo haber estado más nerviosa que el día en que daban los premios del concurso literario. Me movía inquieta en la silla sin saber que hacer. Mi corazón latía con fuerza, mis manos sudorosas se enfriaban, mi boca se secaba por contener la respiración… Era el momento. Un profesor iba a decir el nombre del ganador. Entonces fue como si el mundo se hubiese parado. Todo iba muy despacio, como a cámara lenta…Pero al escuchar decir mí nombre desperté de repente. Todos los presentes aplaudían sin parar. Mi mano temblorosa cogió débilmente el cheque de 30 euros que me permitía cambiarlo por material escolar.
Después de ese premio no volví a escribir. Tenía miedo de que lo que escribiese no fuera tan bueno como lo anterior y el miedo al fracaso me envolvía. Pasaron tres años, hasta que decidí volver a presentarme a otro concurso literario de las mismas similitudes que el anterior. La narración era libre. Esta vez me costo menos tiempo redactar. Seguí utilizando la mezcla actualidad y ficción para darle un punto provocativo a mi historia. Nunca me había quedado tan satisfecha cuando termine la narración. Pero tampoco nunca había sentido tener tan pocas posibilidades de ganar. Parece un poco contradictorio, pero la verdad, así lo sentía. Me había esforzado tanto en que pareciera real, que hasta diseñé un tipo específico de personalidad para cada personaje; todo basado en la actualidad.
Como la vez anterior me sentía nerviosa. Mientras el profesor daba comienzo al acto, se me empezaron a pasar por la cabeza todo tipo de dudas como: debería haberla leído otra vez, tendría que haber cambiado el final… Pero lo hecho, hecho estaba. No podía dar marcha atrás. Estaba decepcionada, podía haberlo hecho aún mejor de lo que estaba. No aguantaba más estar ahí, así que cogí mi bolso de la silla para irme cuando el profesor me nombró. Estaba un poco aturdida. Subí al escenario sin saber muy bien en que puesto había quedado. Los ojos me brillaban de la emoción. Había quedado otra vez en el primer puesto. No podía creerlo.
Mi historia fue un éxito. Varios profesores me la pidieron para leerla; hasta uno de ellos me dijo que si estaba basada en hechos reales, y creo que ese comentario fue el que me hizo pensar cual sería la carrera que debería estudiar. No quería que mis historias parecieran reales, quería que fueran reales, y por eso elegí periodismo.
Miriam Cánovas Andreo