lunes, 25 de junio de 2007

De principio a fín

Cuando llegué a la universidad Rocío ya me esperaba. Se encontraba sentada en un banco, con sus largas piernas cruzadas, e inmersa en una voluminosa novela. Cuando notó mi presencia, levantó la vista por encima del libro y pude ver sus grandes ojos marrones tras unas gafas rectangulares del mismo color que sus ojos. Sonrió y sus finos labios formaron una línea delgada, que se abría poco a poco para dejar ver unos pequeños dientes que iban vestidos con un fino trazo metálico que relucía a la luz del sol. Cogió el libro que tenía entre sus manos, algo pálidas por el frío, y lo depositó con gran cuidado al lado suyo; para poder atrapar algunos mechones oscuros que querían escapar detrás de sus orejas a causa del fuerte viento que se había formado durante la mañana. Finalmente consiguió, aunque no con facilidad, aferrar la larga melena rizada con una goma elástica, que se había sacado del bolsillo del pantalón vaquero. Cuando comprobó que su cabello estaba bien sujeto, sus manos pronto volvieron a sus bolsillos en busca de un poco de calor. Al no encontrarlo acarició con sus manos el rostro, pero éste estaba tan helado como ellas. Sus dedos rozaron con dulzura unas mejillas rosadas, una nariz aguileña y por último unas orejas de las cuales colgaban unos pendientes que no eran iguales entre sí, pues el de la derecha era una media luna y el de la izquierda un brillante azul cielo. En esos momentos la media luna se descolgó y cayó con un leve tintineo sobre sus botas negras. Unas botas algo desgastadas por los largos paseos matinales que debe hacer para coger el autobús. Después de colocar con gran habilidad la media luna miró el reloj, faltaba todavía más de un cuarto de hora para que empezase la primera clase. Sin embargo, ella se levantó con rapidez para ir al aula, sin percatarse de coger el libro que yacía olvidado en un lado el banco.


Miriam Cánovas Andreo

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