domingo, 9 de septiembre de 2007

Toda una vida detrás del mostrador

ISABEL SÁNCHEZ CÁNOVAS ESTANQUERA DE TOTANA

Miriam Cánovas Andreo
El estanco nº 2 de Totana no es un estanco cualquiera y no solo porque apenas supera los 5m2, ni tampoco porque en su interior no hay espacio para más de seis personas, sino porque es un estanco repleto de historia, de vivencias, de sucesos, de creencias… y de otros factores más que su propietaria Isabel Sánchez Cánovas cuenta con indiscutible cariño. Una mujer que a sus 73 años desprende vitalidad por donde pasa. Una mujer a la que la palabra “jubilación”no tiene todavía un lugar en su diccionario, porque aunque ya no despacha tanto como antes y deja más esa tarea a su hija y a su nuera, todavía sigue yendo mañana y tarde a la que considera su segunda casa.

Suenan las campanas del Convento. Ya son las nueve e Isabel se apura en abrir las tres cerraduras que posee la puerta de su estanco, síntoma de atracos anteriores. Levanta con suavidad la fina madera del mostrador para pasar con una agilidad admirable por un pequeño hueco que no supera el metro de altura. No ha hecho más que llegar cuando acude el primer cliente. No hace falta que le diga que tabaco quiere porque Isabel ya tiene un paquete de Nobel en la mano. Sus veinte años que lleva trabajando como dependienta le han hecho conocer los gustos y preferencias de sus clientes. Cuando sale por la puerta, Isabel coge el primer billete de la mañana con la mano izquierda y con la derecha se santigua porque según me explica, su madre siempre le ha dicho “que trae buena suerte”. Ese mismo día quede con ella por la tarde en su casa para intentar conocer mejor a esta estanquera de apariencia normal, pero con una vida nada habitual.

Una herencia
Isabel Cánovas Sánchez (Totana, 26 de mayo, 1934) se casó a los 25 años y a los 53 se quedó viuda con cuatro hijos. Pasó de ser una mujer casada y ama de casa, a una mujer viuda y empresaria. Cuando su marido muere su madre le deja el estanco para que ella siguiera el negocio, aunque ya con anterioridad ayudaba a su madre a despachar: “Me hizo ilusión poder trabajar en el estanco porque deseaba ganarme algo de dinero, porque por aquellos tiempos yo no tenía mucho”. Comienza a tratar por primera vez con representantes, con propietarios de bares… y con lo que es más importante, con clientes. Una de las cosas que más le costo adaptarse fue “al humo que desprendían los cigarrillos”. Cuando un consumidor entra fumando a su estanco ella nunca les dice nada, ya que: “soy yo quien vendo el tabaco”. Isabel no es fumadora, así que cuando le preguntan que tabaco es el mejor no puede aconsejar por su propia experiencia, ella únicamente señala “que cada persona tiene un gusto diferente acerca del tabaco” y así sale un poco del aprieto. Cuando un cliente le pregunta por qué vende tabaco no fumando ella siempre dice que: “el tabaco yo solo lo quiero para venderlo y no para fumármelo”

Trabajar en 5m2
“Trabajar en un espacio tan pequeño no es una tarea fácil – dice Isabel – sobre todo cuando llega la saca”. (La saca es cuando viene al estanco el pedido de tabaco). Las cajas de cigarrillos llegan en cajones enormes de cartón que son muy difíciles de introducir en el pequeño y estrecho estanco. Los consumidores cuando llegan “se quejan de que el estanco es pequeño y de que no hay mucho sitio. – replica Isabel – Hay personas que cuando entran suelen decir que esta es la casa de Gila, que tiene que salir uno para que entre otro”. Con un brillo de rabia en los ojos confiesa que no le gusta que digan que el estanco es pequeño: “se que el estanco es pequeño, pero yo soy quien lo sufre y todavía no me he acostumbrado a este tipo de comentarios”. El tamaño del establecimiento no repercute a la hora de despachar a los clientes y por consiguiente, las temidas colas. Se podría decir que este estanco es ergonómico: “No se suelen formar largas colas porque tenemos el tabaco bien organizado y atendemos con gran rapidez a nuestros consumidores” afirma Isabel. Uno de los mayores problemas que tiene este estanco es que no tiene baño y cuando aparece la llamada de la naturaleza tiene, si está sola, que cerrar el estanco para ir a su casa. Aunque ya tiene cumplidos 73 años no ve todavía el tiempo para la jubilación: “Voy al estanco todos los días porque me gusta mi trabajo y porque así me distraigo con la gente que viene a comprar”

La primera vez
Con manos algo temblorosas y jugando con el cordón de la grabadora, Isabel explica que ha tenido varios atracos en sus veinte años que lleva trabajando en el estanco. Cuenta que la primera vez “ocurrió cuando estaba sola y ya casi cerrando la puerta”, y fue entonces cuando un hombre de tez morena le sacó un cuchillo y le dijo que “no gritara y que le diera todo el dinero de la caja”. La llevó al interior del estanco y la situó junto al mostrador, sintiendo Isabel en su espalda el filo de la hoja metalizada: “Inconscientemente me puse a chillar como posesa pidiendo auxilio y cuando fui a darme cuenta ya se había ido. Todo quedó en un susto” confiesa Isabel con la mirada puesta en el techo.


Marketing “avanzado”
Niño que entra en el estanco de Isabel, niño que repite. Esta estanquera pronto se hizo con el meollo del negocio. Aprendió que dándoles caramelos a los niños que entraban con sus padres todos salían de allí contentos, y “cuando el niño pasa otra vez por el estanco siempre quiere volver a entrar para tener otro caramelo y así sus padres ya que están allí siempre compran algo”. Este truco lo aprendió, según confiesa, en la Revista de Tabacalera. Entre risas explica que “hay un niño pequeño que acude todos los días al estanco con su abuelo porque le viene de paso para ir a la guardería”. Su abuelo “como no quiere abusar de confianza” le compra una bolsa de caramelos de los que Isabel le da a su nieto, pero cuando se los da el abuelo al niño no los quiere. Me revela que: “el pobre hombre me da el caramelo a escondidas para que su nieto no se de cuenta y cuando yo se lo doy yo se va tan contento.” Confiesa que le han surgido algunos momentos incómodos con los niños: “Hay veces que un niño al que vas a dar un caramelo de nata te pide que le des otro y eso no lo puedes hacer porque los de nata son los más baratos. Los caramelos dependen mucho de la compra que haga la madre, puesto que si la madre se lleva gran cantidad de tabaco, de chicles… pues puede que el niño tenga una piruleta o un chupa chup”. Como se puede comprobar Isabel es toda una empresaria, pero no solo tiene esos trucos. Isabel me explica que “siempre hay que despachar rápido al cliente, que no hay que masticar chicle (…)”
Un sueño
“Desde que era muy pequeña yo quería ser modista”, admite Isabel, “pero mis padres no tenían suficiente dinero para contratar a una mujer para que me enseñara”. Con un suspiro y la mirada puesta en un cuadro donde aparece ella de joven dice orgullosa que aprendió sola a hacerse la ropa: “Por la noche me acostaba soñando el diseño de un vestido y por la mañana me levantaba temprano para confeccionarlo”. Cuando comenzó a trabajar en el estanco, afirma que tuvo que dejar un poco de lado la maquina de coser, para hacer frente a la maquina registradora, “aunque siempre había tiempo para todo”. Menciona que “muchas veces llevaba los patrones al estanco y cortaba encima del mostrador la tela para hacer una falda, unos pantalones (…)”

Yo ¿coqueta?
Toda la ropa que tiene esta estanquera está hecha por ella misma: “No me gusta la ropa que venden en las tiendas. Si me compro algo lo reformo en mi casa”. De repente, se pone muy nerviosa. Acabo de preguntarle si puedo fotografiarla: “¿Otra vez? ¡Si ya me has echado fotos esta mañana!”Me contesta con el miedo reflejado en su rostro. Finalmente accede a mis peticiones, pero solo con una condición: “Espera cinco minutos que me cambie de ropa y me peine”. Pasados los cinco minutos la veo otra vez aparecer ante mí. Había cambiado la camisa negra de esta mañana por otra blanca con lunares rojos. El collar tampoco era el mismo, pues había sustituido el de color violeta por un rojo chillón. Solo había mantenido la falda azul oscura. Me mira sonriente, con una mirada como si fuera la de una joven modelo que está punto de posar para los fotógrafos. Después de echarle numerosas fotos y de repetirlas otras tantas porque no se veía “guapa”, continuamos con la entrevista. Me confiesa que “no podría salir de casa sin llevar puestos unos pendientes, un collar o alguna pulsera”. Sentada frente a mí, se acaricia sus blancas piernas con la mano derecha untada en una crema hidratante con ingredientes de aloe vera mientras me explica, que no le gusta ir a la peluquería: “A mí me gusta peinarme yo en mi casa porque no soporto el secador”.

Cupido también fuma
Estar todos los días de cara al público tiene sus ventajas y es que se conoce a muchas personas, y el roce del día a día con los mismos clientes hace el cariño. Isabel afirma que ha tenido, y tiene, muchos pretendientes, pero a todos les ha dicho lo mismo según me explica: “Les decía que yo era una mujer de un solo hombre y antes de que mi marido falleciera le prometí que ningún hombre me volvería a tocar que no fuera él, y lo he cumplido hasta hora”. Pensativa, cuenta que tenía un cliente que le decía todos los días que estaba deseando que se muriera su mujer para casarse con ella. Después de casi un minuto sin poder mencionar palabra por culpa de su risa contagiosa, tan contagiosa que comencé yo también a reírme sin saber el porque, hasta que atinó a decirme “que finalmente se murió el hombre antes que su esposa”.

Misericordia
Ya más tranquila y serena me cuenta que es incapaz de “no darle nada a las personas que se presentan pidiendo al estanco. Dice que su conciencia no se lo permite. Confiesa que lo que más rabia le da es cuando “vienen personas al estanco diciendo que en Totana no hay caridad”. Me asegura mirándome a los ojos que “todo aquel que va al estanco pidiendo siempre se le da una limosna”. Isabel tiene un corazón enorme que no le cabe en el pecho. Todo aquel que va en nombre de alguna asociación, de alguna ONG… ella siempre colabora: “Me gusta ayudar a los demás, por eso me considero una persona muy cristiana"

San Martín de Porres
Isabel se considera una persona “buena”, pero también una persona creyente. Uno de los santos al que tiene más devoción es a San Martín de Porres. Dice que cuando pide un paquete de diez el primer santo siempre se lo regala a la primera persona que entra al establecimiento queriendo comprar uno. Asegura que “tanto el regalado como el que regala tienen suerte”. Es la única persona que vende este santo en Totana y “las personas que los compran lo suelen hacer para colocarlos en los coches”.

En solo tres palabras
Duda cuando le pregunto que como se definiría en tres palabras, y no sabe exactamente que responderme. Su rostro va perdiendo el blanco puro que lo caracteriza para ir tornándose poco a poco con un rojo pálido. Terminada ya la entrevista y con una pregunta sin contestar me dirijo hacía la salida diciéndole gracias por ese tiempo que me había concedido. Ya montada en el coche la veo aparecer con paso ligero en dirección hacía mí. Bajo la ventanilla y me dice: “ya sé como me definiría”, ¿Cómo? Le pregunto, “Como Isabel Sánchez Cánovas”.

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