Todo está iluminado. Los focos me deslumbran. Cinco cámaras de diferentes tamaños están dispuestas en dirección hacia mí. Solo el débil susurro del aire acondicionado rompe el incómodo silencio. Al lado mío hay una persona. Es un hombre de unos cincuenta años de edad. Lleva grandes monturas de color oro. Me mira y me dedica una amplia sonrisa con la intención de tranquilizarme. No puedo, ya ha empezado. La luz roja del monitor que tengo enfrente se ha encendido. No hay marcha atrás. Tengo que comenzar la entrevista.

Ayer fue mi primera entrevista delante de cámara. Por suerte, no se emitió. El entrevistado, un sacerdote de mi pueblo (Totana), no quería que saliera. Sin embargo, el director, ante la negativa del hombre, me pidió que la transcribiera, así que esta semana saldrá en el periódico de La Gaceta de Totana. Esta semana volveré a tener otra entrevista y esta sí que se emitirá. Espero no ponerme tan nerviosa. No consideraba que el trabajo de entrevistar delante de cámara fuera tan complicado, pero una vez que lo pruebas cambias de opinión. Es un mundo fascinante el de la televisión, pero ha la vez complicado. Tienes que tener un buen guión de preguntas, tener una buena voz, ser natural y llamar al entrevistado por “usted”. Se me escapó más de un “tú” durante los 20 minutos que duró. Tenía un buen guión, pero me faltaba lo demás. No me voy a rendir. Me voy a esforzar al máximo para poder dar todo lo que soy en la siguiente entrevista.
¡Desearme suerte!
Miriam Cánovas Andreo
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